Un cuento sobre insectos, un calor envuelto en oxitocina, un paseo de diamantes con Goya y una sonrisa perpetua caminando con la sincronía de quien se sabe aludida, un termómetro para el ritual y 21 grados a tu lado.
Frente a frente con Pérez Galdós, ni siquiera el es capaz de decir adiós, un aquelarre que paraliza la voz del juglar, entre asedio y descanso, cortinas de lino y balcón de disimulo.
Giramos y giramos, una vez más, en paz, paralizando incluso el presente, bailando como un lazo en un ventilador, cierro los ojos y abrazo tu espalda mientras tus pupilas se vuelven gigantes de armonía.
Y un silencio candente, cálido y reflexivo lleva por nombre la apostrofe encendida.
"Casa"
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